Iba a contarles de anoche, una noche surrealista, casi estrambótica y por momentos histriónica, que comenzó cuando una de mis mejores amigas me tiró una botella, de vidrio y de cerveza, a la cabeza... Pero la verdad es que, aunque no sea divertido, ni lindo, ni nada, quiero sacarme de encima un “momento”, del día de hoy, que me dejó media media...
Veinte minutos después de despertarme, bajaba en el ascensor con mi padre, dispuestos a ir a pasar el día a la casa de mi hermano, cuando me disparó: “¿Me vas a extrañar cuando me muera? Porque estoy en la recta final, ¿sabés?”. Mi llanto sirvió como toda respuesta.
Es verdad, papá no está bien, pero a veces uno se olvida... Hoy se lo veía con la cara sonrosada, tan prolijo y bien vestido como siempre, contento ante la perspectiva de pasar un día con sus hijos y nietos... Y la verdad es que uno se olvida... Uno se olvida que su viejo cumple en Diciembre ochenta años, a pesar de que uno está empezando la década de los veinte. Uno se olvida porque PREFIERE no recordar, y simplemente disfrutar.
Así que quiero contarles de mi viejo... No es un tema de Edipo de mucho menos, pero realmente “mi viejo es lo más grande que hay” (aunque Pappo se lo dedique a su vieja). Mi padre es un SEÑOR, con todo lo que esta palabra solía significar en los momentos en los que el honor y la palabra eran quienes formaban al hombre. Con orgullo puedo decir, para que se den cuenta de que no miento, que el renunció a un puesto muy importante, en algo que le encantaba, sólo por no entrar al sistema de las coimas y de la corrupción. Esto le costó muchos bienes económicos, pero a mi dejó un legado superior, que espero honrar a lo largo de toda mi vida. Es una persona respetada por todos los que lo conocen, pero no sólo por su status social (eso al fin y al cabo no cuenta para nada), sino por ser conocido por sus actos nobles y su capacidad de buen juicio, que día a día intenta con trabajo transmitirnos a mis hermanos y a mí. Recibe constantemente llamados de amigos, conocidos, y simplemente presentados para pedirle su opinión y consejo, y siempre trata de hacer tiempo para todos.
Pero voy a lo mío... Papá fue la persona que me introdujo a mi gran amor. De chiquita, cuando llegaba del trabajo, me sentaba en su cama y me leía hasta que me dormía (tengo fotos muy lindas que lo prueban). Cuando pude hacerlo sola, bajó al sótano de casa a buscar para mí los libros que mis hermanos habían leído cuando eran chicos. Me acuerdo de ése día como si fuese ayer... “Los felices Hollister” empezaron con la vorágine de no poder soltar el libro hasta llegar al final.
Lo importante de todo esto, es que papá siempre se tomó tiempo para mí. Nunca me vino con un “no puedo, ahora estoy ocupado”. Nosotros somos lo primero y nos lo demuestra en cada uno de sus actos (aunque debo reconocer que la preferida soy yo... Tal vez por ser la “bebé”, o por ser la “mujercita”).
Mi relación con el es muy especial... Somos muy unidos. Almorzamos juntos y solos al menos una vez por semana, así tenemos nuestro propio tiempo “seguro y sagrado”. Hablamos de todo. Aunque sólo soy una “niña”, me cuenta de sus problemas y escucha y respeta mis opiniones. Por supuesto, es también mi “consejero”. No coincidimos en muchas cosas, y tenemos una diferencia generacional inmensa, pero él siempre se esfuerza por tratar de “entrar en mi época” y entender mis porqués... Y aún cuando no lo logra, me respalda en mis decisiones.
No sé... Puedo estar horas y horas hablando de mi papá... En algún momento voy a seguir, pero por ahora, el descargo sirvió!!!
(Quiero decir que éste post es de ayer, pero no sé porqué me quedó en el draft... Más tarde voy a poner el de hoy..)